CONFIDENCIAS BAJO LOS TRIGALES
Tumbados bajo los trigales amarillos de la meseta, entre risas y carcajadas aquella tarde soleada y tranquila no paramos de hablar y confesarnos el uno con el otro; éramos simplemente unos niños, unos chavales que corriendo por los campos de amapolas bajo el calor sofocante del mes de agosto habíamos llegado sudorosos a aquel inmenso campo de trigo donde apaciguarnos del calor durante una hora por lo menos... De siete y ocho años no pasaríamos, no creo desde luego aunque no recuerdo muy bien la edad exacta; sin embargo, sí mantengo en mi memoria aquellos momentos felices de la infancia...en los que únicamente nuestro objetivo en la vida era jugar y disfrutar mientras veíamos pasar el tiempo delante nuestro.
Él tenía unos meses más que yo, era alto, rubio y muy delgado; su pelo se confundía con el jaspeado del trigo y apenas podía diferenciarlo si estaba tumbado. Llevaba pantalones cortos marrones y una camisa blanca limpia y pulcra; su madre siempre le sacaba a pasear impecable aseado, recién salido de la ducha, con colonia en el pelo perfectamente peinado.
Yo sin embargo, tenía pecas y era pelirroja; mi barbilla era tan redonda como mis manos, regordetas y toscas. Siempre sonreía y me lo pasaba muy bien con él, era tan simpático y me contaba tantas cosas que...lo único que deseaba era...estar con él y que me contara sus historias.

Mientras veíamos pasar por el cielo alguna diminuta y casi imperceptible nube nos imaginábamos una silueta de algún animal..o el paso de un tren por las vías o un carrusel o un tiovivo o qué se yo...Todo era imaginación y fantasía, diversión y risas...lo que nos mantenía in vilo.
El leve vientecillo nos acariciaba aireando nuestros cabellos rubios mientras los rayos de aquella bola anaranjada iba cayendo lentamente, poco a poco, como un breve anuncio de la noche estrellada de aquel verano caluroso y lleno de luces potentes en el cielo hasta el amanecer.
Si nos quedábamos allí tumbados más tiempo seguramente alguien nos buscaría o tal vez nadie nos echaría de menos pero, eso también era pregunta obligada sin respuesta concreta para nosotros que, cogidos de la mano y mirándonos a la cara fijamente, no parábamos de soñar, reír, contar historias y cantar al viento. Aquella tarde y otras tantas más de ese tierno verano fueron similares encuentros, dulces veladas de ensueño, de divertimento y dignas de recordar siempre en las que, la infancia se imponía como la etapa de la vida más feliz y apacible.
Enhorabuena prima, sigue asi, haciéndonos disfrutar de tus escritos deliciosos
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