LAS SOMBRAS
Las sombras eran huidizas, andaban y deambulaban por todas partes, por detrás de los árboles; se notaban más claramente al atardecer, cuando el sol empezaba a declinar y la luz estaba bajando. A veces, las veía y me aterraban, me daban pánico, me perseguían y me hacían enfurecer. Era como un lobo solitario en busca de guarida, de cobigo y mi búsqueda por un lugar donde guarecerme sin que me persiguieran me ofuscaba, me quitaba el aliento.

Me imaginé desvalido tirado en una espacio pedregoso y vacío y, no me equivoque. Solo ante el silencio de la noche que avanzaba lentamente, dos lobos me miraban con ojos placenteros y con ganas de engancharme al más mínimo movimiento mío. Me quedé paralizado ante esos dos animales, con ojos vivos y rasgados, negros azabache y un coraje en aquellas miradas fijas y penetrantes que incitaban al miedo, al terrorífico sentimiento de salir corriendo...pero, ante tal paralización de mi cuerpo, de mis manos, de mis sentidos lo único por lo que aposté fue sentarme frente a ellos y, esperar.
Uno de ellos se me quedó mirando fijamente, se acercó poco a poco y merodeó alrededor mío, el olor de la comida que llevaba en la mochila le alertó y la cogió sin tocarme ni hacerme daño. Se dio media vuelta y salió corriendo con su compañera monte arriba. Allí quieto bajo los árboles plateados que se abatían con fuerza contra mí bajo el cielo negro y frío, estaba yo, muerto de miedo, sin dar crédito a cuanto había sucedido hacía escasos minutos. Miré al cielo y di gracias por seguir vivo, me incorporé, saqué mi linterna y despacio, me dispuse a seguir mi camino.
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