LO QUE PUDO SER Y NO FUE
Sentada mirando por la ventana fijamente, veía pasar los campos de la meseta castellana y me sentía dichosa de sentir sensaciones tan placenteras como maravillosas al comprobar el colorido, la luminosidad y el brillo del paisaje, de los campos llenos de amarillos y verdes, de las grandes e inmensas extensiones de terreno que dejaba a mi derecha. El cristal frío y empañado por el aliento caliente que salía de mi boca enturbiaba más aún, las imágenes que veía a través del gran ventanal. Las cortinillas amarillas estaban sujetas a un tirador y el ambiente luminoso y agradable de la mañana recién estrenada me hacía trasladarme al mundo de los sueños o quizás, de los anhelos perdidos y olvidados, en los que uno se siente cómodo y a gusto cuando los piensa, cuando se recrea en ellos y cuando se fascina por pensarlos.
La luz que invadía poco a poco el cielo era de gran potencia, los rayos del sol eran cada vez más fuertes y mi chaquetón echado por encima del cuerpo cansado y agotado por las horas que llevaba sentada, me empezaba a estorbar. Me sobraba y de un tirón, lo dejé encima de mis rodillas. Sentía calor y estaba harta del tiempo que llevaba en aquel autobús. El viaje estaba siendo demasiado largo pero aún así, valía la pena. En mi mente únicamente estaba él, aquel hombre deliciosamente atractivo del cual yo me estaba enamorando o ya me había enamorado sin quererlo e iba a conocer en cuanto parase el autobús en la Estación Sur de Autobuses en el centro de Madrid, la gran capital que yo desconocía todavía y, seguramente me apasionaría en cuanto la viese por primera vez.
Aquel silencio entre tanta gente durmiendo y que, poco a poco, se iba despertando de sus sueños plácidos y serenos durante aquella noche tan larga y fría en algunos lugares donde hicimos cortas y puntuales paradas, me producía un relax considerable y placentero; el silencio me hacía sentir una paz y una relajación completa, no deseaba más que disfrutar de aquellos momentos únicos e irrepetibles de paz y gloria, mirando los campos y las amapolas llenas de rojos vivos teñidas de diminutos puntos negros, deseaba ser por un momento un personaje aislado de mi ambiente lejano y extraño y, trasladarme a épocas pasadas en las que cuales encontrase un refugio para calmar mi sed de fantasía, necesitaba sentir en mi interior los deseos más profundos de libertad del ser humano en donde se mezclaran deseos y pasiones refundidas en uno mismo.

Sabía que el mundo estaba hecho para construir y crear, para recrearse en él, para vivir intensamente cada momento, para descubrir realmente entresijos que se urdían entre las personas que, como marionetas sujetas por unos hilos finos y transparentes, actuaban y movían ficha en distintos escenarios o ambientes. Cada situación y realidad personal es diferente, y cada uno actuamos en esta vida de una forma muy peculiar y característica que define nuestro ser y da forma a nuestra personalidad.

Pasamos por un pequeño pueblo soriano, árido y frío, abandonado tal vez desde hacía años y recordé, el ayer de tantas y tantas familias que habían abandonado sus lugares de residencia hace años, durante las guerras y, me vino a la memoria el pasado oscuro de la gente perdida y olvidada; las casas destartaladas, las piedras y los muros derruidos por el paso del tiempo y el olor a humedad de las grietas producidas por las aguas caídas durante los fríos inviernos pasados.
Me entristecí de repente, me puse melancólica y extraña, vi una humilde y sencilla mujer vestida de negro, anciana y con la cara arrugada y agrietada por el paso de los años que, llevada una cesta llena de fruta; rápidamente dejé de verla, el autobús la sorteó con cuidado para no pillarla pues su despiste y ancianidad la hacían tambalearse entre la línea continua del lado derecho de la carretera. Su modo de vestir, sus grietas en la cara y su forma cansada de caminar me hizo pensar que, tarde o temprano, todos en este mundo llegaremos a eso, lúcidos o dementes pero, llegaremos a la vejez.
Movida por el ansia de descubrir la intriga y la curiosidad mía, de quién era aquella mujer que tanto me llamó la atención y nunca supe por qué, rápidamente le pregunté al conductor si podía parar en aquel pueblo perdido y olvidado con la excusa de ir intrépidamente al lavabo por una necesidad imperiosa. Él me miró sonriente y me dijo que en unos minutos pararía, en cuanto viese una gasolinera para repostar y un área de servicio. Pero, obviamente ya no podría investigar y averiguar algo sobre aquel personaje que había cautivado mi mente durante unos momentos; quizás inventara con esa mujer una extraña historia y cuando bajase del autobús, después de ir al servicio y tomar un café caliente, escribiera unas cuantas frases de su descripción para no borrarla de mi memoria; tal vez, la viese reflejada de perfil en el espejo del cuarto de baño y pensara que es un espectro o un fantasma de la noche; quizás preguntara al dependiente de la gasolinera si sabía quién era aquella anciana de tantos años a sus espaldas y él con deleite y frescura, fuera capaz de describirla y explicarme su historia y a lo mejor, su paradero.
Ciertamente paró el autobús, y excepto dos personas, todas medio atontadas todavía, bajamos a desayunar y a estirar las piernas. En un área de servicio de una carretera comarcal, en la provincia de Soria donde el Duero sorteaba por doquier los caminos y las veredas, sentí el aire gélido de las ocho de la mañana a pesar del sol fulminante; los rayos se reflejaban a la entrada de la cafetería y a lo lejos, dos bueyes araban la tierra con un labriego curtido por el sol; un mesón cercano lleno de encanto, mucho más que donde habíamos parado, era el tránsito continuo de personas que, como nosotros, paraban para descansar y tomar algo caliente. Aquel lugar me gustó más para desayunar, era más rústico y rápidamente, sin pensármelo dos veces, atravesé el semáforo que me separaba de él y abrí la puerta. Dentro pude observar muchos individuos tomando café, familias enteras desayunando cerca de la chimenea de piedra, rústica y bien decorada, y unos campesinos que debido al frío de la mañana se tomaban un carajillo y unas migas con chorizo.
La leña humeaba y el ambiente estaba cargado. Hacía una temperatura muy agradable y desde las ventanas cerca de la barra donde pedí un delicioso desayuno, veía perfectamente el autobús blanco y azul en el que yo viajaba. No podía perder el tiempo ya que nos había dicho el conductor que únicamente disponíamos de veinte minutos para desayunar. Pero, mi curiosidad tremenda me despistó y se me pasó rápidamente el tiempo; cuando miré de nuevo, mi autobús ya no estaba. Salí corriendo pero fue inútil y en vano. Sin darme cuenta se me había pasado una hora escribiendo y preguntando al dueño sobre aquella extraña anciana que había visto uno o dos kilómetros más atrás. Había perdido el autobús y por consiguiente todo mi equipaje pero, al menos, había cogido varias notas y un teléfono en el cual parece que alguien me podría dar alguna pista sobre ella.
¿Qué iba a hacer ahora? Había perdido mi autobús con dirección a Madrid, había dejado mi maleta dentro de él, el hombre al cual iba a conocer en unas horas en la propia estación de autobuses y que estaría esperándome con ansiedad en el andén de llegada con un posible ramo de flores se encontraría solo y con la incertidumbre de no saber exactamente qué me había ocurrido. Tan sólo me quedaba pensar que todo en esta vida ocurre por algo y nunca los momentos son en vano e inútiles; miré el paisaje y el alma de Castilla, de aquella tierra Soriana y cargada de historia y de leyendas, recordé y añoré en aquel momento al poeta Antonio Machado y me vieron a la memoria sus versos cargados de emoción y sentimiento.
Miré al cielo y escuché el aire y el viento de la mañana; los chopos y la tierra parda a lo lejos bañaban un riachuelo al lado de unas casas viejas. El mesón en el cual yo había permanecido un tiempo soñando, preguntando, escribiendo y desayunando distaba de ellas unos escasos metros. Bajé por el camino y me encontré con un campesino de la tierra, dispuesto tal vez a ayudarme si se lo pedía. Le pregunté a qué hora volvería a pasar el autobús que iba dirección hacia Madrid y él muy agradable y con gesto educado y correcto me dijo que pasaría a las tres de la tarde. Mi asombro y desesperación fue completo, ya que, había perdido mucho tiempo, dinero, una maleta y la oportunidad de conocer a un hombre que tal vez fuera el mío para toda la vida. Le conocía únicamente por messenger, por carta y había hablado dos veces por teléfono con él pero, no era suficiente quizás para saber si realmente era un hombre del cual enamorarse. La verdad enamorarse así de una persona era una absoluta locura y no sabría cómo iba a reaccionar él cuando no llegase a la Estación Sur de Autobuses. Él me estaría esperando y me enseñaría la capital en dos o tres días, íbamos a conocernos y a estar juntos en la gran ciudad y después yo volvería a mi trabajo en Barcelona, de donde yo era.
El plan se había estropeado, él pensaría que era una completa despistada, si le llamara y se lo dijera o, simplemente que no había acudido a la cita y me hubiera arrepentido de conocerle. En cualquier caso, debería pensar exactamente y con la cabeza fría qué iba a hacer y cómo iba a resolverlo. El autobús de ALSA no volvería a pasar tan pronto como yo quería o esperaba, eso era justamente lo que me había dicho el labriego pero sin embargo, no dudé en volver a preguntar a otra persona. Un señor bien arreglado que salía de una casa de campo cercana me miró fijamente y yo me acerqué a él para investigar cómo podía contactar con la Estación Sur de Autobuses de Madrid, a qué hora volvería a pasar de nuevo otro autobús para llegar a la gran capital y si sabía algún teléfono de contacto. El hombre educadísimo y muy correcto me tranquilizó y me dijo que pasara a su casa, llamaríamos al teléfono de información de la Estación de Autobuses y nos enteraríamos sin ningún problema. La verdad yo le miré desconfiada y con reparos pero, afirmativamente acepté su invitación y entré en la casa.
Por aquí me dijo es muy raro ver una mujer como usted – me dijo mirándome a los ojos pero, no dudo ni un solo momento en ayudarme.

Entonces pensé que debería tranquilizarme y esperar con paciencia a mi siguiente autobús; no obstante debería contactar con Andrés, mi futuro caballero andante que me esperaba con ansía en Madrid para comentarle realmente la hora aproximada de mi llegada y el lugar exacto ya que, de no ser así, estaría esperándome en un sitio equivocado y a una hora errónea del mismo modo. Así que, cogí mi móvil y le llamé. Le comenté mi historia y quedamos sobre las siete y media de la tarde en Avenida de América, a la salida del metro donde él me esperaría, vestido de una forma ya acordada de antemano para le reconociera fácilmente.

Cogí un ramito de tomillo y lo guardé en el bolsillo de mi chaquetón, y el olor quedó impregnado en mis frías manos; los álamos lucían esplendorosos al lado del curso del río y a lo lejos pude comprobar cómo varios jinetes iban a caballo en fila india camino hacia una ermita que, por lo que me dijeron, se llamaba la Ermita de la Virgen de la Sinova. Les seguí a paso ligero y alguien se percató de mí, se paró en seco y me espero. Era un apuesto y exquisito caballero, moreno, alto y altiva su expresión. Me saludó y me preguntó dónde iba. Le expliqué a duras penas mis pesares y me incitó dándome la mano a subir con él, a caballo.
A kilómetro y medio del pueblo estaba una pequeña y encantadora ermita cerca de una granja en la cual se veneraba de forma muy especial a una Virgen; bajamos de los caballos todos y cada uno y, Manuel, el jinete que me llevó hasta allí, me presentó a sus compañeros. Preocupados por mi historia se sentaron conmigo a la entrada y me dedicaron sus oídos para que yo pudiera narrarles mis peripecias; enseguida entramos a la ermita y allí, me explicaron las tradiciones y leyendas que existían con respecto a esa Virgen.
Al salir, Manuel y sus amigos me invitaron a almorzar en un bar de la zona; comimos y hablamos, y acabamos riéndonos mucho. Disfruté mucho de su compañía, y hacia las dos y media me fui al Mesón donde había quedado para coger el autobús de las cuatro de la tarde. Me fui obviamente, sentada a caballo, trotando con Manuel y con el cabello suelto; el viento y el frío mientras trotábamos nos azotaba la cara y los paisajes era aún más bellos y cautivadores que por la mañana temprano. Al llegar al lugar donde debería esperar a mi autobús, me fijé en sus ojos negros y le miré fijamente, como había estado haciendo en el autobús que perdí, mientras amanecía aquella misma mañana.
Sus ojos azabaches, su caballo alazán, su forma de caminar y andar, sus modos de expresión y sus andares cautivaron mi mente y decidí, quedarme en aquel lugar unos días más; volví a perder el autobús que debería recogerme a las cuatro de la tarde y cancelé mis citas por el móvil ya de por vida; dejé mi equipaje perdido u olvidado, quién sabe dónde, quizá en alguna sala de objetos perdidos del intercambiador de la Avenida de América y quién sabe si algún día, volvería a buscarlo o quedaría en el destierro para siempre.

Sabes q estuve en Rabano??. Este fin d semana pasado. me fui con Dani a Sacramenia, un pueblo donde un amigo daba un concierto y desde Peñafiwl a Sacramenia pasamos por Rabano. Un pueblito delicioso como describes y el camino es exactamente como lo cuentas...
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