UNA AUTÉNTICA SEMANA SANTA EN KENIA

A pesar de que la vida animal es más abundante en Masai Mara durante el verano boreal, en enero y febrero el tiempo es seco y más caluroso que en agosto; en estos meses se supone que los visitantes inundan por doquier el país pero si se suben las temperaturas y se disparan desorbitadamente como amenazaba aquel año, en el cual las temperaturas se habían elevado por encima de lo normal y se hacía eco del poderoso cambio climático, la vida en aquellas tierras sería insoportable.
Frente a nosotros, el señorial Kilimanjaro nos esperaba; parecía imponerse por su majestuosidad y elegancia; nos saludaba, nos acechaba según comenzamos nuestras andanzas por aquellos lugares secos y áridos de Kenia, dirección hacia Tanzania. Descubrimos por el camino caluroso y a veces, casi desértico una gran variedad de animales que habitaban por aquellos inhóspitos parques; destacaban los leones, leopardos, hipopótamos, cocodrilos (en el río Mara), rinocerontes, ñúes, cebras, gacelas, jirafas Maasai, impalas, búfalos, topis o un antílope azulado de pelo satinado. Avanzábamos por la sabana y las horas de calor nos sofocaban, las reservas de agua eran escasas y las temperaturas no eran las que nosotros esperábamos para las fechas en las que estábamos. Faltaban dos días escasos para que llegara el Viernes Santo.
El pueblo nómada Massai nos dio la bienvenida y nos acompañó durante todo el trayecto. Según aquella gran familia que no se separó de nosotros en los quince días que duró nuestro viaje, era uno de los años con mayor sequía en aquellas llanuras y praderas; eso supondría un desafío a la naturaleza, una pesadilla y un suplicio completo para el país ya que, la riqueza de los parques, las visitas continuas y las compras de los turistas que visitaban Kenia era la principal fuente de ingresos de nuestro país – dijo Kaput al tiempo que destacó la importancia inminente que suponía la caída de agua por cualquier lugar como base de su propia subsistencia.


Alrededor del fuego compartimos Kebabs de cabrito, salchichas de ternera y puré de plátanos acompañados por salsas de mantequilla, coco rallado, zumo de lima, ajo y pimentón.
Mañana - dijo Kaput mirando a su hijo Kim con tono suave y misterioso – nos dirigiremos hacia el sur en busca de leopardos a punto de extinguirse, e intentaremos seguir las huellas de la primera manada de elefantes que veamos; debemos descansar esta noche a pesar del calor sofocante de diciembre y mañana proseguiremos nuestro itinerario por la sabana y nos adentraremos en las secas ahora, praderas amarillas. El Viernes Santo llegaremos al Parque Nacional de Kilimanjaro.
Al día siguiente, después de varias horas de perseguir cautelosamente a los elefantes, examinar sus costumbres y pasear tranquilamente por la sabana tropical, Kaput nos llevó en nuestros jeeps hacia la el monte bajo del Kilimanjaro; agotados y exhaustos decidimos parar y comenzar una verdadera y exótica comida, en torno a ese paisaje idílico y maravilloso que teníamos a nuestro alrededor, inigualable lugar a pesar del calor.

A los pies del Kilimanjaro rodeado de nevados en sus puntos álgidos los massais, una tribu de hombres altos, delgados y atléticos entonaron con sus cánticos los diversos ritos religiosos dirigidos a las alturas, a los dioses o tal vez, a un Dios, acompañados de bailes y ofrendas diversas; una vaca fue la mejor ofrenda de este gran día, el bien más preciado que un massai puede tener.
Después de sus rituales, las oraciones pasaron a segundo término en los que pudimos admirar un gran fervor de estos pueblos nómadas, rudimentarios y arcaicos, carentes de lo más esencial muchas veces.

Bailaron al son de la flauta y un tambor…
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