OLALLA Y LA "TOMASA"
Decían en el pueblo que, La Tomasa era la mujer más extraña que
había pasado por aquel lugar, huraña y ataviada con un pañuelo negro en la
cabeza, mostraba muy rara vez las arrugas y cicatrices de su cara; sus ojos
decían los viejos que la veían de año en año, eran saltones y desorbitados,
mostrando alrededor de ellos los resquicios que le quedaban de la viruela.
Los aldeanos de aquel inhóspito y frío pueblo, en medio de la
sierra de Teruel, la consideraban un bicho raro, una auténtica sombra que, aparecía y desaparecía, como los ojos del
Guadiana, no sé sabe cómo ni por dónde pero, era de una raza extraña decían,
mezcla de mujer y de ser galáctico y misterioso, con un espíritu de leyenda
antigua que, muchas veces, daba miedo.


Un feroz y cruel alarido de La Tomasa retumbó esa misma noche
por la calle solitaria, a la luz únicamente de la farola que alumbraba la
portezuela de madera de su casa. Los
vecinos, alarmados y alertados por el miedo de su vociferada voz, tenebrosa y
lúgubre, salieron temblando a las calles en busca de una respuesta y tan sólo,
encontraron una mujer tumbada en el rellano de una de las ventanas adyacentes a
la puerta de la casa; estaba semidesnuda, con rasguños en la espalda y un
rosario entre sus frías manos; parecía muerta, su cara y sus pies eran mármoles
blancos tan fríos como el témpano; tumbada boca arriba y su mirada puesta en el
infinito, exhalaba vaho más blanco de lo normal por aquella boca grotesca y con
malformaciones dentarias; el cura del pueblo, el médico y el alcalde de aquel
pequeñísimo lugar acudieron en busca de algún hombre culpable tal vez, de aquel
desaguisado humano que yacía al pié de aquella ventana, a punto de fallecer sin
llegar a hacerlo por el momento pero, por muy poco.

En aquel pueblo de apenas, cien habitantes, en medio de la
sierra de Teruel, llamado Olalla, a 100 kilómetros de Calamocha, el misterio y
el terror se percibían y se sentían por las calles, por las paredes de cualquier
casucha antigua y, hasta, se colaban por las laderas que bordeaban el pueblo.
Se decía que un embrujo se había metido en él, pero exactamente no se sabía
cuál era ni de dónde provenía. ¿Era leyenda o era realidad? Tal vez, un
fantasma se hubiera inmiscuido por alguna acera, si es que se podían llamar
aceras, los tramos que separaban las casas muchas de ellas, de adobe con la
tierra de diferente color de la calzada.
Todos los habitantes se conocían bastante bien, estaban
emparentados de alguna manera y a decir verdad, sus vidas no eran totalmente
privadas sino más bien comunes y compartidas por diferentes familias. Mantener
la intimidad en aquel lugar era bastante difícil y complicado, la vida era
simple o enrevesada según se quisiera ver pero desde luego, conocida por casi
todos los lugareños de aquel paraje escondido.
Se contaban leyendas e historias diferentes y hasta totalmente
opuestas acerca de La Tomasa pero ninguna estaba totalmente contrastada con la
verdad auténtica. Allí todo el mundo especulaba sobre aquella extraña mujer y
su vida familiar. No se sabía con exactitud ni su edad ni su procedencia pero
lo que era seguro es que en Olalla, únicamente estaban empadronadas las dos,
madre e hija pero ninguna había nacido allí.
El misterio de aquella familia era único, apenas se las veía a
las dos mujeres, no frecuentaban ningún lugar ni tienda del pueblo. No se
relacionaban con nadie, no hablaban ni se trataban con ningún habitante de
Olalla, no se sabía dónde compraban ni a dónde iban o, si tal vez, se
encerraban en su vieja y apartada casa del resto del planeta.
Pero sin embargo, aquella noche fatídica entre misterio y
penumbra, La Tomasa sobrevivió; una humilde mujer, que vivía relativamente
cerca de ella, se ofreció para pasar la noche junta a ella, en su casa para
cuidarla, obviamente después de haberla reconocido y haberla curado las heridas
y rasguños por todo el cuerpo, con cuidado el médico de aquel diminuto pueblo,
el Sr. Andrés, un hombre “entrado en carnes”, muy sereno y tranquilo. Era realmente un gran hombre, amigo de todo
el pueblo, con el que compartía tertulias mundanas y gran parte de su tiempo
libre, entretenidas partidas de mus con los mozalbetes en la taberna.
Aquel invierno estaba siendo demasiado largo y frío, realmente
helador; la fuente de la plaza permanecía congelada desde hacía varias semanas,
las estalactitas y estalagmitas puntiagudas eran símbolo de encanto por todas
las calles emblemáticas del pueblo y en cada rincón se construía un delicioso
castillo de ruinas que simulaban las de pueblecito en la antigüedad de Laponia,
a veces, desierto y desnudo por las que discurría “a escondidas” la vida de las
gentes.
La Tomasa se recuperó de aquel susto, tardó varios días en
estar bien y volver a salir de vez en cuando por los oscuros y recónditos
lugares de Olalla; sus vecinos se preguntaban qué le habría ocurrido a su madre
que, desde aquella fatídica noche, desapareció del pueblo sin dejar rastro
alguno. La buscaron por todos los parajes y pueblos cercanos pero, en mucho
tiempo, no se supo absolutamente nada de ella. ¿Cómo era posible que una mujer
tan mayor desapareciera de repente de un pequeñito pueblo de tan sólo cien
habitantes, oculto en la sierra de Teruel, sin dar señales de vida y sin dejar
rastro alguno durante tanto tiempo? Nadie, absolutamente nadie en Olalla la
había visto, no se sabía nada de ella y tampoco recordaban los viejos del lugar
la última vez que vieron su sombra de aletargado y miserable por las solitarias
aceras de aquel fantasmagórico pueblo.
Lo curioso y absurdo del caso era que su propia hija, La
Tomasa, no estaba demasiado alarmada y entristecida por no encontrar ni saber
nada de su madre. Todo era muy extraño ya que, tanto escepticismo y aparente
normalidad en la mente de una persona en la que deja de ver a su madre por una
desaparición repentina no era propio de un ser bastante normal y racional. Ella
seguía su vida después de las desafortunadas búsquedas por parte de vecinos,
policía local y guardia civil durante varios días. No había rastro alguno,
aunque se suponía que estaría muerta y enterrada bajo la nieve por alguno de
los bosques cercanos al pueblo o sepultada bajo cualquier riachuelo congelado
por el austero frío del invierno.
La Tomasa seguía aislada del resto de los habitantes, alguna
vez se la veía por la lejanía, en algún paraje desolado, triste y solitario,
vestida de negro; los lugareños se preguntaban si esa mujer se habría
trastornado todavía aún más debido a esa terrible desaparición en su vida o, si
por el contrario, ella se habría liberado voluntariamente de su madre, de
cualquier forma o manera, encerrando en su propia mente un crimen premeditado
debido, precisamente a esos ataques de locura que la venían persiguiendo
durante toda su vida.
¿A dónde iría por aquellos lugares tan solitarios en aquel
invierno tan frío y austero en donde la gente únicamente buscaba el refugio y el cobijo del calor de
sus hogares? Muchos hombres se preguntaban y se interrogaban qué sucedía en la
mente de La Tomasa y qué hechos extraños sucedían en su vida; a horas
intempestivas ciertos campesinos que una mañana temprano la vieron, la
siguieron a una distancia prudencial para que ella no se percatara de dicha
curiosidad.

Curiosamente y para dar más morbo a los campesinos, alimentando
su continuo interés por aquella mujer desde hace tiempo y, sobre todo, desde la
desaparición de su madre, cogió un cuchillo muy afilado e hizo muescas
múltiples en el tronco de un pino, repleto de nieve hasta casi taparlo por
completo en medio de un bosquecillo situado en un llano apartado del camino,
solitario y recluido a las afueras de un antiguo convento de monjes
benedictinos.

¿Qué tortura se habría producido en esa familia tan extraña y
pequeña, que nadie sabía exactamente a pesar de múltiples suposiciones? Tal
vez, la locura de La Tomasa la hubiera convertido en un fantasma que por las
noches de luna llena, a la luz de las velas y con crucifijos y rosarios en la
mano perdía la cabeza y cometía ensangrentados rituales hasta llegar a asesinar
a su propia madre que, apareció un día semienterrada al deshacerse la nieve, al
otro lado del pueblo debajo de unas piedras, con varios golpes en la cabeza y
rajada de arriba abajo por varias cuchilladas.

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