ENTRE LA MISERIA, EL AMOR ABRE SUS PUERTAS
ENTRE
LA MISERIA, EL AMOR ABRE SUS PUERTAS
Me
parecía que la logística y la ayuda de socorro había fracasado y, sin embargo,
mi misión en ese país era entregar mi persona al cien por cien; hubiera deseado
hacer más, quitar el dolor y el drama a tantos miles de haitianos como los que
estaban tirados en las calles pero era prácticamente imposible. El olor de los
cadáveres, invadía por doquier y las calles asaltadas por el saqueo y el
pillaje era lo normal en aquel país hundido y aturdido por el terremoto; tantos
niños desamparados y huérfanos deambulan sin rumbo a ningún lado por todos los
lugares de la isla mientras los cadáveres se hacinan por el asfalto que todavía
existe en ciertos sitios, a cientos o mejor dicho, a miles. Entre tanta
desgracia, miseria y muerte me encontraba yo, una joven mujer, atractiva, activa
y dispuesta a rescatar personas vivas y trabajar contrarreloj a favor de la
vida; sin embargo, tanto esfuerzo y trabajo no era suficiente, había que hacer
más e ir más deprisa si se quería rescatar aún a más gente entre los escombros.


Me parece que el mundo no es
justo y que al lado del sufrimiento y la angustia están el despilfarro del
dinero y la opulencia de unos pocos; es curioso, unos mueren desangrados por
los hospitales instalados de emergencia por las calles y habilitados para
cobijar la muerte y el dolor ayudados por personal sanitario y voluntario de
diferentes países y, otros miran el itinerario de la excursión que van a
realizar, tal vez, la visita a las aguas coralinas de la zona y la consistente
y opulenta comida consecutiva.

Dormí bajo el sol incipiente durante varias horas
sin quererlo realmente; cuando me desperté mi cuerpo estaba quemado y con
ronchas en la piel, arrugado y con marcas de la postura que bajo la lona de
plástico había cogido. Me levanté cómo pude y fui a la orilla del mar, lavé mi
cara bajo el sol y miré mi reloj. Habían pasado cuatro horas y no me había dado
ni cuenta; el cansancio era tan fuerte que, tumbarse en el simple suelo o la
arena caliente de una plácida y deliciosa playa incitaba a caer como el plomo y
sumirse en el más relajante sueño.
Me puse rígida y en movimiento;
ascendí por una rampa y subí por unas rocas, distinto camino del primero que
había hecho para bajar. Cuando llegué arriba, vi al frente y oí disparos en la
lejanía; seguramente el asalto a las únicas tiendas con alimentos que aún
quedaban serían la causa o el origen de esos disparos que guerreros o
asaltantes en busca de comida habrían comenzado.
A escondidas y con sigilo,
detrás de una palmera y unos botes de chatarra tirados al lado de cuatro
militares recién muertos, caídos y todavía con la sangre caliente por su cuerpo,
miré para cruzar la calle y, lentamente me acerqué a ellos para cerciorarme
aunque a distancia de sus muertes. Me entraron nauseas al verlos hacinados bajo
los escombros y rotos en mil pedazos algunos de sus miembros; a lo lejos un
camión con militares miraban cómo sus compañeros yacían en el ardiente y
polvoriento suelo. El drama era continuo, a cada paso que se daba por la isla,
en medio de la belleza del paisaje se sucedían escenas de angustia y terror.
Entre tanta tristeza y miseria,
tanto horror y sinsabor de la vida, seguía avanzando por las calles llenas de
gemidos y dolor aún sabiendo que al lado de la muerte, la vida se sucedía y los
niños nacían de madres que posteriormente morían. Todo parecía un sueño, una
auténtica pesadilla en blanco y negro o, en grises y blancos, bajo los cuales
vivía intensas horas de tristeza. Sin embargo, la vida revivía y los niños
lloraban al salir del vientre de sus madres; la vida no paraba, fluía y giraba
alrededor de todo cuanto existía; los médicos se sentían orgullosos de sacar a
la luz a aquellos de color de madres que yacían en hospitales improvisados,
apenas de carentes de utensilios hábiles para venir al mundo. Aún así, se
sucedían en mi cerebro una serie de imágenes, en color o en blanco y negro que
parecían fotogramas para el recuerdo de una película de los 40 ó 50. Si me lo
hubieran contado no lo hubiera pensado tan ruin y grotesco el panorama,
estrafalario tal vez por los descalabros de la muerte bajo las ruinas pero,
viéndolo y sintiéndolo en mis propias carnes me parecía algo realmente
angustioso. Exigía mi presencia allí hasta que hiciera falta, no importaba el
tiempo pero únicamente sabía que lo que había venido a hacer a aquel país no
había hecho más que empezar.

En mi mente jamás me hubiera
imaginado desear y anhelar a alguien distinto al chico que diariamente me
sorprendía y me enamoraba en mi ciudad pero, sin embargo, en medio de la
miseria y el olor a cuerpos que empezaban a descomponerse, el idilio entre los
seres humanos seguía existiendo y la piel erizada, con carne de gallina, seguía apareciendo. Es curioso, la forma en que
unos ojos marcan el destino tal vez de una persona y penetran en el interior de
otro ser humano.
Entre el llanto y el dolor de la
gente, conforme iban pasando las horas, me fui serenando y mis palpitaciones
por la sensación de bienestar debido a tal situación se fueron apaciguando. Me
tranquilicé pero desde que nos miramos en aquel asfalto, caída bajo el suelo,
han pasado horas y todavía no nos hemos separado; nuestras manos van
entrelazadas a dónde vayamos y ayudan juntas para salvar vidas y secar lágrimas
entre las gentes con las que seguimos cruzándonos.
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