"A TRAVÉS DE LA ESCALERA"

Tal
vez su eterna juventud, su belleza incalculable y su dulzura eran los tres
ingredientes esenciales con los que conquistaba los corazones de los hombres
que conocía en su vida. Pero sin embargo, no se daba a ellos, se refugiaba bajo
una apariencia sencilla y se ocultaba en un trabajo que le ocupara el máximo
tiempo posible, así de ese modo, lograba evadirse del mundo real, se tapaba y
se escondía del mundo exterior, aprovechando
el tiempo para escribir sus historias y concentrarse en sus lecturas
cotidianas.

Se
decía o al menos, ella lo había escuchado fuera de la casa que, ambas vecinas
pertenecían a familias acomodadas y ricachonas, y en muchas ocasiones habían
despertado el interés por los hombres más ricos y despilfarradores de aquella
pequeñita ciudad como era Segovia. Sus fincas cercanas a la casa donde la
familia vivía eran verdaderas mansiones de lujo y ensueño que pocos hombres,
habían pasado y pisado para adentrarse en ellas. Aduladores y galantes se
habían mostrado semejantes caballeros con las dos damas, compañeras
inseparables de Elena pero, sin embargo, no habían tenido demasiada suerte en
tales acercamientos; no consiguieron casarse ni tan siquiera cortejar a ninguna
de ellas, lo intentaron afanosamente y se dejaron los huesos en el intento ya
que la respuesta siempre fue negativa. Jamás se casó ninguna de las dos, su
riqueza y el dinero que tenían eran suficientes para complacer sus deseos de cualquier
tipo sin llegar a tener que comprometerse con ningún caballero de aquellos
lugares.
Odiaba
de algún modo aquellas tertulias de mujeres que muchas veces, se repetían a las
mismas horas de la tarde, varias veces a la semana. Sin embargo, era su única
diversión en aquel lugar y en ciertos momentos, a pesar de detestarlos sí le
incitaban a sentarse en la cama de los niños, a tumbarse en una de ellas encima
de la almohada doblada, y entreabrir la puerta del cuarto, mirar con curiosidad
a las tres mujeres desde arriba y ver sus caras risueñas a través de los
barrotes de madera de aquella espléndida escalera de caracol. Soñaba que el
tiempo pasara rápidamente pero como eso no era así, tenía que aprovechar cada
momento de su existencia en aquel caserón antiguo, del siglo pasado al cual había
venido a matar el tiempo y ganar unos cuantos euros al mes.
Sin
embargo, su máxima ilusión en ciertos momentos a pesar de sentir asco y repudio
en otros era simplemente escuchar las historias que aquellas tres mujeres
narraban; era como el alimento y el sustento de las que, ella misma, por las
noches frías del invierno, escribía desde su cama. Tal vez, recordaba los
ademanes, las palabras, las jocosas y absurdas risotadas entre ellas y, eso era
suficiente para recrear su propio ambiente en aquel mundo en el que vivía
cuando se metía en su cuarto y se encerraba “a cal y canto”. Se transformaba en
otra mujer, en una escritora que fantaseaba y se recreaba en sus propios
escritos que, quién sabe si algún día y en alguna ocasión, el tiempo hablaría
por sí mismo y publicaría. Pero, por el momento, era una absoluta y enigmática
desconocida en el mundo de la literatura, nadie la conocía ni tan siquiera,
nadie sabía que escribía; por qué lo iban a saber si nadie la había visto
encerrada en sus cuatro paredes haciéndolo, ni tan siquiera sabían que tenía un
ordenador en su habitación y nadie, se imaginaba que después del arduo trabajo
que aquella casa le suponía que, le daría tiempo a escribir y a contar aquellas
preciosas historias.
Era
una auténtica “ladrona de palabras y de historias”; se pasaba demasiado tiempo
atendiendo y grabando después en su memoria todo cuanto veía y oía, creaba
pequeñas pinceladas en su cerebro, las guardaba en su memoria y en ciertos
momentos de la noche, sin saber cómo, afloraban de su mente y los escribía en
forma de cuentos, de historias, de leyendas.

Los
niños que cuidaba primorosamente todos los días eran deliciosos; tenían cinco,
seis y siete años, tres varones revoltosos y muy divertidos. Con ellos lo
pasaba muy bien, se reía y jugaba mucho con cada uno. Les acompañaba por las
mañanas al colegio, les despedía con un abrazo y les daba su bocadillo de media
mañana. Después volvía dándose un paseo por las callejuelas empedradas de la
ciudad de Segovia, se adentraba por algún callejón oscuro en busca de experiencias
nuevas y olores distintos; pasaba cerca de una tahona donde se paraba bastante
tiempo únicamente para empaparse del delicioso olor a pan recién hecho. El
panadero le guiñaba un ojo y le lanzaba piropos que le hacían sonrojarse y
esconderse detrás de una esquina de la calle; era exactamente como una niña, a
veces, se comportaba como tal.


A veces sentía envidia por tener más
tiempo libre y deseaba ser una de esas tres señoras que siempre observaba pero
no, por ser como ellas sino por disponer de horas para hacer lo que deseara, es
decir, en su caso sería únicamente para leer y escribir.
Una de sus historietas, en las que
por la noche trabajaba, era una trama curiosa donde el personaje principal, un
mago divertido era un usurpador de ilusiones; robaba y extraía los deseos
inmiscuidos en los niños por las noches, cuando dormían y soñaban y, los metía
en una botella verde de cristal que, guardaba en un cofre de tesoros
almacenados para que algún día, los sacara en el momento adecuado para
desencantar el hechizo que él mismo hizo en una pequeña casa con tres niños
pequeños.
Realmente
era una fuente inagotable de imaginación la que discurría por su cerebro, nunca
se le agotaba y ésta era realmente fascinante al tiempo; poco a poco y, sin
quererlo se iba convirtiendo en una fantástica escritora que fraguó sus
múltiples novelas en aquella casa, con aquella familia y sus monótonas pero
cotidianas historias.
¿Alguien
podría sospechar que ella escribía historias realmente apasionantes, por las
noches, después del trabajo continuo de unas diez o doce horas diarias, en una
casa enorme con tres niños pequeños a quienes cuidar y educar? Era realmente
admirable e increíble y, hasta fascinante ver cómo luchaba, con qué fuerza y
qué énfasis ponía, por preservar y avanzar en uno de sus máximos placeres, escribir.
Realmente
su vida, pausada y tranquila, después de comer cuando observaba a las tres
invitadas en su escenario mental y el trabajo diario con los niños llenos de
ilusiones y deseos infantiles, trascurría como el fluir de la vida, en un
continuo de picos y bajadas cargado de emociones y sentimientos que, en cierto
modo, alentaban y recreaban sus escritos, historias llenas de pasión y entrega,
de fascinación y fantasía.
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